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La Coctelera

Caballeros de Guadalupe

2 Septiembre 2009

PREGÓN DE EXALTACIÓN GUADALUPENSE

  

Año 2009, VIII Centenario de la fundación de la Orden

 Ofrenda

 Heme aquí,

deslumbrado y herido por el fulgor de tu semblante tostado,

encendido en las centellas de tus ojos amables,

perfumado con el roce de tus misericordias

engolfado en la venusta armonía de tus labios,

postrado de hinojos ante el escabel de tus pies morenos.

 Heme aquí, Mujer; heme aquí, Puebla, Alcázar, Santuario...

Soy un caminante del Sur, un fraile menor,

cabal y apasionado, amigo de las letras y los libros.

Soy una voz meridional, en fin,

timbrada sobre los feraces Barros extremeños, entre viñas y olivares.

 Traigo en mi alforja mendicante la manda de los pobres,

la cosecha de los braceros entre Tajo y Guadiana,

el laboreo del encinar y las ciudades,

el rumor de los tajos y las faenas campesinas,

el aroma de los azulados aires de las cornisas que bogan las aves,

la mansedumbre húmeda, silenciosa y fértil de los pantanos

el primor humilde del cantueso, la albahaca y la yerbabuena ...

Los recogí para ti, los agavillé para arrojarlos a tus plantas,

los segué para quemarlas en el pebetero de tu morada,

en el cuenco sahumador de tu alcoba...

Los cargué hasta tu templo con un ramillete de jazmines de Medina Zara

para tu ensortijada cabellera agarena.

 Por ser mi cuna esa porción de la Extremadura Baja

que vigila el castillo de Feria, solar de Maestres santiaguistas,

aguadores de la Fuente del Corro

-tierras del Badajoz imprescindible: tu mejor blasón, Sunamita bella-, he traído hasta tus umbrales, Guadalupe feliz y venturosa,

un serón de timbres de mi terruño:

 De Zafra canto el humanismo de Pedro de Valencia

y el teatro de Vicente García de la Huerta;

de Almendralejo, la métrica tumultuosa de un Espronceda fugaz

y la otra más doliente de Carolina Coronado,  -¡Oh rama de adelfas del Gévora querido!-

Por Ribera del Fresno nombro al santo dominico Juan Macías,

y al escritor y magistrado Juan Meléndez Valdés,

el mayor poeta español del siglo XVIII.

Por Villafranca, la irisada prosa de José Cascales Muñoz, amigo de Casa.

 De los nuevos, cito al fundador y peregrino Luis Zambrano, fontanés de nación, centenario en el futuro diciembre; al pintor José Gordillo y a la voz dormida de la segedana Dulce Chacón; los versos transverberados del cura almendralejense Antonio Bellido, los abroquelados del paisano José Antonio Zambrano y las historias arborescentes del clérigo Sánchez Adalid, atracado a orillas del pantano de Alange...

  Aquí los dejo, al amor del serón humilde, difamado en los pueblos de la vecindad [«De La Fuente y con serón... ¡ladrón!»],

mientras hacen sonar atabales y trompetas que anuncian ya el Pregón. 

 Introito

 1. Con la venia del  Señor Arzobispo Primado, del padre Guardián y frailes franciscanos de esta Santa Casa de Guadalupe, Annuntio Vobis Gaudium Magnum:

Oíd, ciudadanos y ediles de la Puebla y Villa de Guadalupe.

Atended, Damas y Caballeros de Nuestra Señora.

Escucha, muchedumbre de romeros de esta Jerusalén bendita.

OS HAGO SABER:

que el clarísimo día 6 de septiembre,

dos jornadas antes de su antiquísima Feria Mayor:

la de aquella admirable Natividad

en que desciende la Virgen de la altura de su edículo,

ES DE GRAN SOLEMNIDAD Y FIESTA en honor de Santa María,

establecida en estas serranías de la noble Extremadura,

para ser Señora de estas provincias y estos cerros.

Y que, a mayor gloria de Nuestro Señor

y honra de su Madre la Santa Virgen,

éste de 2009 es Año Santo,

el Primero de los que se celebrarán en esta iglesia basílica

por gracia de la Sede Apostólica, otorgado a perpetuidad el año 2005,

 durante el Pontificado del Siervo de Dios Juan Pablo II,

de grata memoria en nuestro suelo.

 ¡Exulten, pues, el yermo y la besana, el encinar y la vega!

¡Corra la nueva como un rayo por los alcores, el berrocal y llanuras!

¡Anúncienlo las espadañas y torreones, las minas y los ríos!

¡Proclámenlo desde la azotea, el ambón y la montanera,

la cátedra, los hatos y las sirenas fabriles!

¡Acudan ancianos y niños de pecho, varones y mujeres,

casados y mozos, dolientes, pobres y sanos!

¡Llenen los caminos, invadan las carreteras,

huellen los senderos en la secular Caminata de septiembre,

al pacífico grito de «¡Guadalupe, por Guadalupe, a Guadalupe!»

 Memorial de frailes pardos

 Coincidiendo tan rutilante efemérides con el Octavo Centenario de la fundación de la Orden de Frailes Menores o de San Francisco de Asís,regidores a la sazón de este templo de la Madre del Señor, deseo evocar, en esta noche y a las puertas de tan jubilosos acontecimientos, algunos vestigios que anudaron a tan ilustre Orden mendicante con la Santa Casa de Guadalupe, cuando era solar y emporio de los Jerónimos.

  2. Empezaré diciendo que, si bien, el Santuario fue erigido antes que la Orden de ermitaños de San Jerónimo llegase a fundar en él su monasterio, Guadalupe es obra de ellos. En él se recluyeron monjes venidos de San Bartolomé de Lupiana, provincia de Guadalajara -cuna de la nueva religión- después de las completas del viernes 22 de octubre de 1389. Y de aquí fueron pérfidamente expulsados el 18 de septiembre de 1835. Difícilmente, pues, podrían borrarse cinco siglos de fecundísima presencia de los monjes de hábito blanco y escapulario y manto burilado. Por eso digo que Guadalupe (santuario, monasterio, puebla, haciendas y granjas), sin callar la herencia de la Clerecía toledana precedente, es prez de los jerónimos.

 3. A los de San Francisco cupo, sin embargo, la tarea de recoger de las cenizas aquella herencia dilapidada por manos liberales, repristinarla, aumentarla cuanto pudo y legarla a las generaciones  venideras, con el esplendor que se presentan hoy a la Iglesia Católica y al Patrimonio Universal.

Como hemos repetido el pasado año hasta el hartazgo, los frailes de parda estameña llegaron a Guadalupe en las horas crepusculares del Santuario, la noche del 7 de noviembre de 1908. Así quiso la Providencia que los frailes franciscos cumpliesen el mandato recibido por su Santo Patriarca en la ermita de San Damián: «Ve, Francisco; repara mi Iglesia que amenaza ruina.» Y si aquellas manos de un Francisco todavía penitente restauraron la ermita de San Damián y de Santa María de la Porciúncula en los aledaños de Asís, esta otra generación de principios del siglo XX vino a reparar la universal Casa de Santa María de Guadalupe, en la Alta Extremadura.

 4. No es que los nuevos quisieran buscar raíces en Guadalupe, justificando así su presencia contemporánea, cuando las artes plásticas, la documentación histórica y la heráldica son apabullantemente jerónimas; pero han gustado algunas plumas franciscanas desempolvar noticias antiguas y recuerdos seráficos en el Monasterio antes de 1908. Leánse algunos trabajos del P. Villacampa o las deliciosas Migajas del pasado de fray Gregorio Bolívar (seudónimo tras el que se escondía el P. Javier Beltrán), en las que, con peculiar estilo castizo, apiló nombres ilustres y toda suerte de lazos minoritas con el cenobio jeronimiano.

 Limosna de miel y aceite

 5. Su lectura apunta, primeramente, a la siempre afable acogida dispensada a los frailes mendicantes por los priores y monjes jerónimos, elevada a norma capitular en el de San Bartolomé de Lupiana, celebrado el 8 de abril de 1477. Holgadamente cumplieron dicho acuerdo los de Guadalupe con sus habituales limosnas a nuestros frailes, como también consta en ciertas decisiones del consejo prioral del Padre Diego de París (1475-1483) y que tan acertadamente nos ilustra el lienzo del milagro de la tinaja de la miel, obra de fray Juan de Santa María colgada en el claustro de las procesiones.

 «Vinieron a esta Santa Casa -publica la cartela del cuadro-dos religiosos descalzos de la Viciosa a pedir limosna de miel y aceite, que suele hacerse con otros monasterios de la comarca. Era un año tan falto de miel que solas había ocho arrobas. Vino el Convento en que se les diese, y volviendo a sacar miel, hallaron que la tinaja la vertía en abundancia, sin cesar este manantial por más de cuatro años, en los cuales se comunicó este licor por diversas partes del mundo y nuestro Señor con él sanó a muchos de varias enfermedades. 1575»

 Andariegos peregrinos        

6. Al capítulo de la limosna -un capítulo ruidoso y abultado en el Convento de Guadalupe-, a la que los de San Francisco están sujetos como los demás pobres, cuando el fruto de su trabajo no les bastase para vivir, según reza la Regla, las notas que cito añaden nombres de algunos ilustres huéspedes minoritas, los cuales, ora por tener sedes episcopales u otros cargos de responsabilidad civil -como el caso del cardenal Cisneros-, subieron a Guadalupe o intervinieron en el curso del Santuario.

  Otro apunte más silenciado -que sólo puedo citar aquí de pasada- es el de los frailes que peregrinaron a la Casa en prueba de sin par devoción a Nuestra Señora, y tal pudo ocurrir con el afable y austero reformador San Pedro de Alcántara. Algunos datos he hallado al respecto en el interesante Memorial de la Provincia de San Gabriel, reeditado en facsímil por la Provincia Bética con una acogida sorprendente. En honor de esos romeros franciscanos anónimos he de mentar aquí al P. Francisco de Santiago, natural de Brozas (Cáceres), alumno de la de San Gabriel, peregrino de Guadalupe hacia 1612. Cuentan de él que, arrobado en oración en este altar insigne, la Virgen le pidió tratase  ya del misterio de su Limpia Concepción. Y así lo hizo afanado el insigne  predicador concepcionista en la ciudad de Sevilla, sede de Isidoro y Leandro (de donde supuestamente trajeron el Trasunto e Imagen venerable), un ciudad teatro de enconadas disputas barrocas entre franciscanos y dominicos.

  «Estuvieron en esta Santa Casa -escribe en 1743 el cronista P. Francisco de San José-, de lo que hacemos mucho aprecio, el ilustrísimo apóstol de Valencia San Vicente Ferrer; y como donado suyo, el patriarca de la misericordia San Juan de Dios, y la insigne heroína, gloria de nuestra España, la Santa Madre Teresa de Jesús, cuando andaba plantando su santísima Reforma. Otros grandes siervos de Dios han visitado a esta maravillosa Señora, de que no hay especial memoria. Sólo se conserva, y durará para siempre en este Santuario, la del venerable Padre fray Francisco de Santiago, minorita, de la Santa Provincia de San Gabriel, cuyo cadáver se guarda, con la estimación debida a sus heroicas virtudes, en el convento de San Francisco de la villa de Brozas en la Extremadura, con un anillo que le dio nuestra Señora estando en su camarín, en uno de los muchos raptos que tuvo en presencia de la Santa Imagen, con la que hablaba frecuentemente, y le respondía la Imagen, como si fuese cosa viva, y hablase una persona con otra. Así, con estos términos, lo dejó escrito de su mano, y sabemos por tradición constante en esta Casa. Y asimismo se guarda con su cadáver una imagen de esta gran Señora, que le dio el P. Fray Rodrigo de Llerena, religioso de este Monasterio, para que trajese siempre consigo, como lo ejecutó toda su vida, y con ella obraba muchos milagros.

            Qué favores recibió de la Madre de Dios por su Santísima Imagen de Guadalupe en su camarín y su capilla, son tan crecidos como innumerables. Entre otros, fueron altísimos conocimientos de las perfecciones divinas, y llegaron en una ocasión a ser tan claros o tan seguros, que decía después no tenía fe del Misterio de la Santísima Trinidad, con lo que le pasó en el camarín de su Morena de Guadalupe (llamábale él así), bañado todo de alegría. Concluiré, por no dilatarme más, que esta Señora se portaba con este siervo suyo con tal ternura y cariño como puede con su hijo una amantísima madre.»

 Un caso de reforma           

 7. También se ha escrito en otros lugares acerca de varios jerónimos que, por divina inspiración, abandonaron su fatigoso cenobio de Guadalupe para profesar la Regla franciscana, ocho veces centenaria. Edificante es la generosa mención que hicieron de ellos los cronistas fray Diego de Écija y fray Francisco de San José, natural de Campanario. Traigo el caso de uno sobradamente conocido: fray Juan de la Puebla de Alcocer, aquel que, mozo aún y linajudo, prefirió ser «antes que conde o duque, monje de Guadalupe», y que luego abandonó el Monasterio y la Orden de San Jerónimo, con licencia de Sixto IV, para fundar, en la serranía cordobesa de Hornachuelos, la Provincia de los Ángeles, una reforma franciscana de estricta observancia. Agradecido a su antigua morada, el de la Puebla quiso encender en los frailes reformados un amor grande a la Morenita, célebre en tierras cordobesas, mandando que en los Capítulos y congregaciones rezasen por los monjes que aquí dejó.

   «En esta celestial vida -dice el esclarecido cronista de Campanario- perseveró ocho años y algo más en este Monasterio, viviendo retirado en una torre que llaman de Santa Ana en donde tuvo su celda. Y después, siendo prior el reverendísimo padre fray Diego de París [...], se sintió tocado interiormente con claros rayos de luz en repetidas inspiraciones de pasarse a la Orden de San Francisco. Comunicó con el prelado, que era varón de mucho espíritu, y de otros monjes espirituales, de que en aquellos tiempos estaba floridísima esta Santa Casa. Diéronle su aprobación, entendiendo eran luces del Espíritu Santo de que quería sacar mucha gloria. Y con el seguro de estos dictámenes alcanzó un breve de Sixto IV, con el cuál salió de este Monasterio para Roma, en donde llegó el año mil cuatrocientos ochenta. Suplicó a Su Santidad le diese el hábito de San Francisco, y a su compañero que llevó consigo, religioso también de este Monasterio.

  Desocupado luego de la tutela y crianza del Conde su sobrino [que le había sido confiado en el convento de Belalcázar], trató de poner en planta lo que había comunicado con Sixto IV de fundar una Provincia en que se observase a la letra la Regla de San Francisco, a que ayudaron con tanto celo los Reyes Católicos, y así lo consiguió del Pontífice Inocencio Octavo, confirmándole la licencia que para esto tenía de Sixto IV.

 Edificó luego un ermita en los montes ásperos de Sierra Morena, dedicándola a nuestra Señora, con el título de Santa María de los Ángeles, de donde tomó el nombre y principio la Provincia.»

 El descanso sereno

 8. Junto al hospedaje y dádivas que los frailes franciscos recibían de los monjes de Guadalupe, se une otra obra de misericordia practicada con los pobres y peregrinos. Muertos algunos minoritas en las hospederías y hospitales guadalupenses, fueron enterrados en las sepulturas que poseía la fábrica parroquial en las naves del templo, aunque es sabido que éstas, y otras de importantes personajes, fueron cubiertas por las reformas que introdujo, entre 1742-1744,  el arquitecto Lara Churriguera.

 9. El lugar de enterramiento en el Guadalupe del siglo XVI, al que me ciño ahora, se repartía entre el cementerio de San Jerónimo o de la Viña Mayor (en el costado oriental del Colegio de infantes) «donde se entierran los peregrinos que finan en los hospitales», apunta Écija; las tres naves de la iglesia y la capilla de Santa Ana, guardando las crujías del claustro para la sepultura de los priores y monjes del Convento.

  Los enterramientos del templo se alineaban en rengleras. Solían pertenecer a particulares si podían pagar mil maravedíes, que es lo que costaba enterrarse en las naves de S. Pedro, Santiago y capilla de Santa Ana;  porque las de la nave central duplicaban este coste. Se han de sumar a estas cifras, otros cuatrocientos maravedíes cada vez que se abría una bóveda de la nave principal, y doscientos si la fosa estaba en la capilla y naves laterales. La Fábrica dispuso de sepulcros en todas ellas, y las alquilaba o donaba para un solo enterramiento. Suele destinarlas como última morada de los criados de hospitales, talleres y granjas aledañas al Monasterio; a estudiantes, oblatos, familiares de monjes jerónimos, clérigos y frailes de otras órdenes, entre los que predominan los de San Francisco de Asís, aunque tampoco faltan trinitarios y dominicos.

  Después de consultar por menudo las partidas asentadas en el Libro de sepulturas de seglares y religiosos extraños a Guadalupe, del siglo XVI, cifro en una quincena el número de franciscanos que tienen en Guadalupe un puñado de tierra para dormir la paz de los justos. Qué mejor cima que este recuerdo postrero para cerrar el marco de estas pesquisas.

  Final

 10. Se acerca el final de este Pregón, en el que me propuse exaltar la proverbial magnanimidad de aquel Guadalupe pretérito con los nuestros. Del Santuario hodierno, pisando las huellas de los frailes de la cuerda, ya he pregonado largamente en otro lugar. De modo que sólo me queda abrochar estos pliegos con un augurio: que la Morena de Guadalupe haga brotar el agua lustral del Santuario, e inunde de la Sabiduría arcana a todos los pueblos. ¡Que vosotros lo veáis, amigos!

 

HE DICHO.

                                                                        Fray Antonio Arévalo Sánchez, ofm

                                                                        La Fuente, 21 de agosto de 2009

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